Estrategias de manejo del olivar para minimizar el impacto del algodoncillo en el cultivo

El algodoncillo del olivar es una de las plagas más características del olivo en regiones mediterráneas. Tal y como nos recuerdan desde la Red de Alerta e Información Fitosanitaria de Andalucía (RAIF), el agente causante es un insecto conocido científicamente como Euphyllura olivina, perteneciente al grupo de los psílidos (pequeños insectos chupadores relacionados con los pulgones). Aunque suele llamar la atención por su aspecto, en la mayoría de los casos no provoca daños graves si se encuentra en niveles bajos o moderados. Sin embargo, bajo determinadas condiciones ambientales y de manejo, puede convertirse en un problema relevante, especialmente en plantaciones jóvenes o en años con primaveras suaves. Este fitófago presenta un ciclo biológico estrechamente vinculado al desarrollo vegetativo del olivo, por lo que entender su biología resulta esencial para saber cuándo puede causar mayor daño y cómo intervenir. El adulto es un insecto pequeño, de entre 2 y 3 mm, de color verde claro a amarillento y con alas transparentes, dotado de gran movilidad y capacidad de dispersión. Las hembras depositan sus huevos principalmente en yemas y brotes jóvenes, siendo las ninfas la fase más visible y dañina, ya que segregan una sustancia cerosa de aspecto blanquecino, similar al algodón, que las protege tanto de los depredadores como de las condiciones ambientales adversas. El número de generaciones anuales suele situarse entre dos y tres, pero su impacto depende más de la sincronía con el estado fenológico del cultivo que de la cantidad total de generaciones.

El desarrollo de esta plaga no es aleatorio, sino que responde a condiciones concretas: temperaturas suaves de entre 15 y 25 °C, alta humedad relativa, abundancia de brotes tiernos, ausencia de enemigos naturales por el uso excesivo de insecticidas, y un exceso de vigor del árbol derivado de un abonado o riego intensivos. Los síntomas del algodoncillo son relativamente fáciles de identificar incluso sin experiencia técnica. La señal más característica es la aparición de masas algodonosas blancas en brotes, hojas e inflorescencias, acompañadas de un aspecto pegajoso provocado por la melaza que producen estos insectos. En infestaciones intensas, los brotes jóvenes pueden mostrar un debilitamiento visible.

El daño sobre el cultivo varía considerablemente según la intensidad de la infestación y el momento en que se produce. De forma directa, las ninfas succionan savia de los tejidos tiernos, debilitando brotes y estructuras reproductivas, y en casos graves pueden interferir en la floración y el cuajado del fruto. De forma indirecta, la melaza que segregan favorece el desarrollo de hongos como la fumagina, que reduce la capacidad fotosintética del árbol, y además atrae hormigas que pueden proteger a la plaga frente a sus enemigos naturales. En la mayoría de los olivares adultos bien manejados, el daño suele ser más estético que productivo, aunque la situación puede ser más seria en olivares jóvenes, en sistemas superintensivos o en años con primaveras húmedas y templadas.

El control del algodoncillo en el olivar debe abordarse desde una perspectiva plenamente integrada, tal como establecen la Gestión Integrada de Plagas y la Producción Integrada. En primer lugar, las medidas culturales constituyen la base del manejo preventivo: una poda equilibrada reduce la formación de brotes tiernos muy atractivos para el psílido, una fertilización moderada evita un exceso de tejido suculento y una gestión racional del riego impide crear condiciones excesivamente favorables para el desarrollo de la plaga. Estas prácticas son obligatorias como primera línea de actuación en Producción Integrada. El control biológico es otro pilar fundamental, ya que el algodoncillo cuenta con enemigos naturales eficaces, como crisopas, mariquitas y diversos parasitoides, que suelen mantener sus poblaciones en niveles tolerables siempre que no se vean afectados por tratamientos químicos indiscriminados. La normativa de Producción Integrada exige precisamente conservar y favorecer esta fauna auxiliar, evitando intervenciones que rompan el equilibrio ecológico del olivar.

El control químico debe considerarse únicamente como último recurso, cuando los muestreos realizados por el técnico indiquen que se han superado los umbrales de intervención establecidos. En caso de ser necesario, el tratamiento debe aplicarse al inicio de la floración, Siempre utilizando productos registrados y uso autorizados en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación para el cultivo. Se debe evitar cualquier aplicación en plena floración para no perjudicar a los polinizadores, cumpliendo así las restricciones de la Producción Integrada. El técnico será también el responsable del seguimiento periódico de brotes e inflorescencias para valorar la evolución de la plaga y la eficacia de las medidas adoptadas.

Desde el punto de vista económico, el algodoncillo no suele representar una amenaza grave para el olivar, especialmente si se compara con plagas como la mosca del olivo o enfermedades como el repilo. Su impacto es irregular y, en la mayoría de los casos, manejable mediante prácticas agronómicas adecuadas y conservación de la fauna útil. Su presencia suele reflejar más el grado de equilibrio del ecosistema del olivar que un riesgo real para la producción. Por ello, una gestión correcta del cultivo y la aplicación rigurosa de los principios de la Gestión Integrada suelen ser suficientes para evitar que esta plaga se convierta en un problema significativo.

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