La manera de consumir en España, desde la comida a la calefacción, pasando por los viajes en avión o la ropa, daña cada vez más el medio ambiente. La huella ecológica para satisfacer el consumo intensivo crece a base de contaminar el aire, degradar el agua, extraer recursos o exacerbar el cambio climático, según acaba de acreditar el Centro Conjunto de Investigaciones (JRC) de la Comisión Europea. El JRC ha analizado, en colaboración con el Ministerio de Consumo, los datos de España a partir de su estudio global sobre la Unión Europea. La conclusión, que recoge OK Diario en el artículo que reproducimos, es que, de 2010 a 2018 –los últimos datos consolidados–, los impactos en general han crecido un 5% “con un notorio cambio de tendencia [al alza] desde 2013”. Esta huella mide con 16 indicadores los impactos ambientales del consumo de un país. Se trata, entre otros, de la acidificación del medio, la eutrofización de ecosistemas (el exceso de nutrientes por los vertidos de purines o restos de fertilizantes), el cambio climático, el uso de recursos (agua, suelo o minerales), la pérdida de capa de ozono o la contaminación.