La mosca blanca del algodón (Bemisia tabaci) es una de las plagas más importantes de este cultivo en Andalucía debido tanto a los daños directos que ocasiona como a las pérdidas de calidad que puede provocar en la fibra, tal y como nos recuerdan desde la Red de Alerta e Información Fitosanitaria de Andalucía (RAIF). Se trata de un pequeño hemíptero que se alimenta succionando savia de las hojas mediante su aparato bucal picador-chupador. Tanto los adultos como las formas inmaduras contribuyen al debilitamiento de las plantas cuando las poblaciones alcanzan niveles elevados. Sin embargo, el principal problema suele estar asociado a la producción de melaza, una sustancia azucarada que se deposita sobre hojas y cápsulas y favorece el desarrollo de hongos saprófitos conocidos como negrilla. Además, la presencia de melaza puede contaminar la fibra durante la recolección, reduciendo su calidad comercial y generando dificultades en los procesos industriales de hilado.
Las medidas de gestión integrada para su control se basan en la vigilancia continua de las parcelas y en la aplicación de acciones encaminadas a mantener sus poblaciones por debajo de los niveles de daño económico. La observación periódica del envés de las hojas resulta fundamental, ya que es allí donde las hembras depositan los huevos y donde se desarrollan las ninfas. Los muestreos deben realizarse de forma regular durante toda la campaña, prestando especial atención a los meses más cálidos del verano, cuando las condiciones ambientales favorecen una rápida multiplicación de la plaga. La toma de decisiones debe apoyarse en los umbrales de intervención establecidos en las estrategias de Gestión Integrada de Plagas. La fauna auxiliar desempeña un papel esencial en la regulación natural de las poblaciones de mosca blanca. En los algodonales andaluces destacan diversos enemigos naturales que actúan como depredadores o parasitoides de huevos y ninfas. Entre ellos son frecuentes las crisopas (Chrysoperla spp.), las mariquitas (coccinélidos), los chinches depredadores del género Orius y diversos himenópteros parasitoides. Cuando estas poblaciones beneficiosas se conservan adecuadamente, pueden reducir significativamente el crecimiento de la plaga y retrasar o incluso evitar la necesidad de realizar tratamientos químicos.
Por este motivo, uno de los principios fundamentales de la Gestión Integrada de Plagas consiste en preservar la fauna auxiliar. El empleo indiscriminado de insecticidas de amplio espectro puede eliminar tanto la plaga como sus enemigos naturales, favoreciendo posteriormente una recuperación más rápida de la mosca blanca. En cambio, la utilización de materias activas selectivas y la aplicación de tratamientos únicamente cuando los niveles poblacionales lo justifican contribuyen a mantener el equilibrio biológico del cultivo.
Las actuaciones agronómicas también son importantes; un manejo equilibrado de la fertilización nitrogenada evita desarrollos vegetativos excesivos que pueden favorecer la proliferación de la mosca blanca. Asimismo, la eliminación de plantas huéspedes y la correcta gestión de restos vegetales reducen las posibilidades de que la plaga encuentre refugio y mantenga poblaciones elevadas entre campañas. La gestión de Bemisia tabaci debe integrar la vigilancia sistemática del cultivo, la intervención conforme a los umbrales de tratamiento establecidos en la Gestión Integrada de Plagas (GIP), la conservación de los enemigos naturales y la aplicación racional de las medidas fitosanitarias. La combinación de estas prácticas permite mantener las poblaciones de mosca blanca por debajo de niveles que ocasionen pérdidas económicas, al tiempo que reduce la dependencia de los insecticidas y minimiza el impacto ambiental. En consecuencia, esta estrategia contribuye a preservar la producción y la calidad de la fibra, favoreciendo un sistema de cultivo más sostenible y compatible con la conservación de la biodiversidad.
























